Cuestiones jurídicas y bioéticas entorno a la Muerte
Curso dictado por Dra. Teodora ZAMUDIO

Material editado para l@s alumn@s de la U.M.S.A.

 

Algunas consideraciones sobre el temor a la muerte

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Prof. Moisés Aracena B.

Fuente: Revista de Psicologia -Vol. 111 N° 1 - Año 1992 Departamento de Psicología de la Universidad de Chile

Resumen

El artículo alude a una revisión de los decires de los clásicos, en relación al tema de la muerte. Además de conceptos cristianos al respecto. El tema de la muerte es tratado como un hecho que el espíritu rechaza, exacerbándose la idea de la vida como tránsito al goce y a los deleites. Se termina el artículo recordando la idea de los Trausos que tenían una visión muy particular al respecto.

 

Quien dedica su tiempo al estudio de una ciencia, su objetivo final estará en lograr dominar el conocimiento que allí se encierra. Es decir, la realización personal está en ejercer para aquello que se ha preparado y constituye su fin último. Es así, como en el hombre desde el instante de su nacimiento, se prefija, sin que medie esfuerzo alguno, su destino último, que es morir. Como lo expresa en forma certera, abreviada y no exenta de rudeza, Shakespeare[1] a través de Capuleto cuando dice " ... Bien todos hemos nacido para morir...". Esta es su realización final. La culminación de la vida está en su aniquilación. Para muchos, para constituirse en la nada. Para otros, en el comienzo de una eternidad gozosa, o de la posibilidad de una eternidad de sufrimientos. Pero tanto, para los enfrentados a la nada, como la posibilidad de trascendencia, la muerte igualmente les inquieta, a otros les aterra, pero nadie está indiferente.

En otras ocasiones y frente a lo que no se comprende, como es la muerte de una persona joven, violenta la menta humana, causa rebelión y sentimientos de injusticia. De alguna manera se siente que se ha tronchado una posibilidad, una oportunidad de ser o al menos de disfrutar de la compañía de sus allegados y éstos de él. Este sentimiento de que algo se truncó o quedó a medio camino, lo encontramos dramáticamente descrito en Virgilio[2] cuando el héroe Eneas, pasado el Estige y adormecido el Cerbero por la Sibila escucha "...un inmenso tierno vagido: almas de niños lloran. En el umbral primero de la vida, sin probar su dulzura, un día aciago los sesgó de los pechos de sus madres y los hundió en la acerva desventura...". Nada nos dice Virgilio de la suerte futura de esas almas. Pero sí de la desventura de su muerte. Se da así un doble lamento. El lamento de los que sufren las consecuencias de la muerte y en vida añoran al que los abandona y el de aquellos que ya, en el reino de los muertos lamentan su destino. Unos y otros unidos en el dolor, por la muerte. Pero además, los afectados directamente con este infortunio, reaccionan con estupor por sentir que se ha cometido una injusticia. Nada ameritaría un acto de esta naturaleza.

Estos sentimientos se exacerban a raíz de la muerte de madres que dejan niños pequeños abandonados. Los que quedan desguarnecidos de afecto y protección materna. Nadie entiende por qué debieron morirse, sobre todo en un período tan importante para sus hijos.

Si este acontecer lo comparamos a la natural evolución de la naturaleza, vemos que, en general, ésta cumple un ciclo que es respetado. Así, por ejemplo una flor -aun cuando haya sido separada de su origen-, cumple inexorablemente su ciclo evolutivo. Somos testigos de su desarrollo. Del botón emerge con vigor una flor completa y ésta finalmente se seca y muere. Ha sido, por la naturaleza, respetado su ciclo temporal. ¿Será, por ventura, esta experiencia tan cotidiana, y que tanto contrasta con el destino humano, -tronchado bruscamente en su evolución- un elemento más que subleva el alma? Es muy probable que ello así sea.

Frente a este misterio insondable viene Voltaire a nuestro socorro, a darnos una explicación que permita entender y asumir lo que nos parece del todo incomprensible. En su obra "Zadig o el destino” [3], a través del héroe, que se encuentra con un ermitaño -que resulta al final ser el ángel Jesrad-, quien viene encomendado por la Providencia a ilustrarle sobre las cosas terrenales, le dice “...que no conocíamos las vías de la Providencia y que era desacierto de los hombres fallar acerca de un todo, cuando no veían más que una pequeñísima parte...", agregándole a continuación que "...más no hay casualidad, que todo es prueba o castigo, remuneración o providencia..."[4]. Toda esta enseñanza dada a través de la muerte de un muchacho y el incendio de una posada de un filósofo retirado, ambos hechos realizados por el ermitaño y que cuando acontecen se hacen incomprensibles para Zadig. Sólo después de las explicaciones del ángel, queda fragmentariamente satisfecho.

Es así como en relación a la muerte del muchacho, nos cuenta Voltaire que Zadig, junto al ermitaño alójanse en casa de una caritativa y virtuosa viuda, quien tenía como única esperanza a un sobrino de 14 años. El ermitaño como forma de manifestar su agradecimiento a las atenciones recibidas, coge al muchacho por los cabellos y lo lanza al río, ahogándolo. Zadig, que no entiende lo que acontece, le pide explicaciones al ermitaño sobre tan extraña y absurda conducta y éste le informa así al respecto, "...este mancebo ahogado por la providencia había de asesinar a su tía de aquí a un año y de aquí a dos a vos mismo". De este modo explica lo que aparentemente no se entiende y transgrede la racionalidad, porque el humano sólo vería fragmentariamente la realidad.

A pesar de las evidencias de esta fragilidad humana, el hombre vive con finalidades, con un afán de trascender hacia el porvenir, como si todo tuviese un sentido futuro. Es más, actúa como poseído por la inmortalidad. Piensa en el mañana como si éste se poseyera como verdad. No da cabida a la posibilidad de la muerte. Pero de no hacerlo de este modo, se cercenaría la acción presente, ya que carecería de toda proyección. Vive pues un futuro real y a la vez hipotético. Es por lo tanto, consecuente con la necesidad de una proyección existencial e inconsecuente con la realidad natural.

La muerte desde ya incomprensible, lejana e inexistente para los jóvenes, quienes ven pasar un féretro, como si aquello no fuese con ellos. Como una situación ajena, con la cual no tienen relación alguna. Como lo expresa Camus[5] cuando dice "...nunca se asombrará demasiado ante el hecho de que todo el mundo viva como si nadie lo supiese", refiriéndose a la muerte, Muchos hombres ensorbecidos en la búsqueda de cosas materiales o necesidades, actúan como si tuviesen toda la eternidad reservada para ellos. Y viven como si la muerte fuese cosa de los demás. Al respecto Roa[6] plantea una perspectiva sombría en relación al avance tecnológico y sus secuelas señalando a una de ellas " ... como el rechazo de la condición de ser mortal, traducido en no hablar jamás de la muerte, la pérdida progresiva de la propia soledad..." etc., etc.

La pintura, una manifestación -como todo el arte-, que enaltece el alma, quizás sí sea uno de los más responsables para haber creado temor a la muerte. Las pinturas de T. Bout, J. Bosch, y del mismo Leonardo da Vinci, no han hecho más que incrementar las fantasías terroríficas sobre la muerte.

En relación a ello, veamos cómo la literatura nos hace transitar, por el mundo de los muertos.

Haciéndonos padecer desde sus comienzos una fantasía en nada placentera. Por de pronto, veamos cómo Virgilio nos relata el encuentro con Caronte el barquero, que nos ha de pasaar el Estige. Caronte es descrito como “...el viejo horriblemente escuálido, tendida sobre el pecho se enmaraña la luenga barba gris, innobles miran sus ojos, dos centellas, desde el hombro cuelga de un nudo su andrajoso manto...” [7]etc.etc.

Como si esto fuese insuficiente, a las orillas del Estige, Virgilio nos da cuenta de una situación del todo terrible. En referencia a las almas que esperan su turno para ser trasladadas a la otra orilla " ...dolientes que todas ruegan por pasar primeras con igual ademán, manos tendidas en ansia eterna de la opuesta playa, mas el rudo barquero las escoge, una ahora, otras después y lejos a las demás las dispersa por la arena"[8].

Por su parte Homero describe el encuentro entre Odiseo y Tiresias, poniendo en boca de este último, la siguiente expresión: "¿Por qué, oh infeliz, has dejado la luz del sol y vienes a ver a los muertos y esta región desapacible?"[9]. Agrega más adelante en el encuentro entre Odiseo y su madre ya fallecida, Anticlea, quien le expresa "¡Hijo mío! ¿Cómo has bajado en vida a esta oscuridad tenebrosa?"[10] Nada hay de calidez o agrado en estas expresiones. Muy por el contrario, todo es horrible, tenebroso, espantoso. En toda madre convergen en torno del hijo todas las perfecciones y todos los arrebatos amorosos. Nada de ello expresa Anticlea. Sería por lo tanto, redundante expresar los sentimientos de Aquileo y de otros.

Tanto Tiresias como Anticlea anteponen a cualquier desborde afectivo lo ingrato que resulta encontrarse en ese medio. Más que alegrarse por verse y de disfrutar la presencia del otro, colocan el acento en lo penoso de las circunstancias. Estas prevalecen por sobre toda otra relación emocional. Las emociones placenteras se sumergen detrás de lo tenebroso del ambiente. Este, en rigor, no permite rebasar la alegría del encuentro. ¡Cuán diferente hubiese sido este encuentro en otro lugar!. La calidez, el amor, el goce y el delirio de volver a estar juntos -tras tiempo de ausencia-, hubieran, en otro momento, coronado este encuentro. Todas estas emociones quedan excluidas, porque todo gira y gravita el estar, "en y con la muerte".

Paradigma de toda esta situación negativa del mundo de los muertos, la encontramos en la figura de Sísifo[11] personaje mítico a quien le atribuyen varias hazañas. Una de ellas, la que nos interesa, es aquella en que llevado por Hades, al mundo de los muertos -por decisión de Zeus-, le ordena a su esposa, Mérope, que no entierren su cuerpo. Cuando llega a los infiernos va donde Plutón y le dice que no habiendo sido enterrado, no debería estar allí, sino debió quedarse al otro lado del Estige y solicita volver al mundo de los vivos para arreglar su entierro y vengar el descuido de su esposa. Promete que concedido su deseo, volverá en tres días. Plutón se deja engañar y le concede lo que pide. Sísifo cuando de nuevo se encuentra en el mundo de los vivos, se deleita de sus placeres y no vuelve a los infiernos.

Hace con ello prevalecer la idea, que el mundo de los vivos es infinitamente más gratificador. Es tal la suerte de maravillas que goza, que olvida promesa y compromiso, Presuponemos que imagina que será castigado, pero mayor es la dicha que goza en el mundo de los vivos, que el temor al castigo. El mensaje es aquí inequívoco y se suma a todos los decires de Virgilio y Homero.

Pero la muerte conlleva un capítulo, que quizás sea el que más acredita su condicionante de temor. Nos referimos al juicio que toda alma pareciera debe enfrentar.

Así nos relata Virgilio  este episodio : “Por cierto que las almas no se asignan sin sorteo, y sin juicio sus mansiones : mueve la urna Minos que preside; él convoca las almas silenciosas y averigua sus vidas y sus culpas”[12].

Por su parte Platón a través de Sócrates nos dice "cuando los muertos llegan al lugar adonde el demonio individual los conduce, en primer término son sometidos a juicio, tanto los que han vivido virtuosamente como los demás"[13]. Ubica Sócrates a continuación un lugar en donde se expían las culpas, que sería el lago Aquerusiano. Ahora bien, los que en razón de la magnitud de sus crímenes o enormes sacrilegios son arrojados al Tártaro de donde jamás saldrán.

La concepción del juicio de las almas después de la muerte, está firmemente arraigada en la mente humana. Plató[14]n nos trae a colación el episodio de Her el Armenio, originario de Panfilia, quien considerado muerto, vuelve a la vida cuando está en la pira funeraria, relata entre otras cosas su experiencia sobre el más allá diciendo " ... Entre estas dos regiones se hallaban sentados los jueces: en cuanto habían dado su sentencia ordenaban a los justos que siguieran su camino a la derecha ... a los malos por una abertura a la izquierda ... etc.,'. Hölderlin por su parte, en uno de sus poemas, nos dice "alma que en vida no cumplió su ley divina, no haya reposo ni del Orco en las honduras"[15].

Se suma a esta concepción del juicio de las almas el Cristianismo, que a su vez viene al rescate de los hombres con una fórmula redentora. El contenido del reino que él anuncia, está vinculado a la comunidad íntima con Dios. Ello involucra que este reino no aparece como un objeto que sólo alienta y da esperanzas, sino como algo que está muy próximo y presente entre nosotros y que por lo tanto puede alcanzarse en cualquier momento. Es necesario aquí salvar el alma inmortal, puesto que ella le ha sido confiada al hombre como un bien costoso y de cuya administración ha de dar estrecha cuenta.

Esta comunión con Dios está bellamente expresada en Sor Teresa de Los Andes “... ¡Cómo quisiera derramar mi sangre muriendo por Jesús! ¡Qué dicha tan inmensa sería ésta, dar mi vida por El! Pero soy indigna de esta gracia. Sin embargo, no sé por qué abrigo la esperanza que moriré por El".

Hermoso testimonio de la dicha y plenitud de la relación con Jesús. Pero donde se llega al máximo de compromiso y fusión con Dios, es cuando Sor Teresa expresa un íntimo deseo: "...Quiero ser hostia pura".

Sin embargo, no dejan de tener razón aquellos que aducen que la muerte de Jesús es más poderosa que su vida. Este concepto implícito no deja de prevalecer en una mayoría. La minoría representada por sus discípulos, testigos de la resurrección sensible de Jesús, no tienen dudas al respecto. Esto los eleva sobre sí mismos y les da fuerzas para el heroísmo y el martirio. Para el resto, sólo queda el camino de la fe. De aquí se desprende la frase dicha a Santo Tomás: "Porque me has visto has creído, dichosos, los que sin ver creyeron"[16].

La masa carece de estas experiencias únicas y unívocas con la divinidad, y algunos relatos son más fuertes que los testimonios de algunos elegidos. La pregunta que nos asalta es ¿por qué, en el hombre medio, estas experiencias carecen del poder de convicción o mejor del poder de imitación?. Es decir, no incentivan una copia del modelo. Los devotos de estas figuras lo son en la medida en que se transforman en mendicantes de favores. Corren a solicitar, pero no corren a imitar. A diferencia de quienes buscando cconocimentos, se acercan al “maestro” para llegar a ser como él. Esa es la meta ideal. Acá, sólo le utilizan como intermediario para llegar a pedir. Lo sienten como un camino viable.

Ellos por sí mismo se sienten desconectados, pero encuentran un medio de comunicación. No se trata aquí de buscar esa comunicación a través de la imitación del modelo –que sería lo lógico-, sino que, termina éste, transformado en un buzón de solicitudes.

El modelo, como tal, simplemente queda en el olvido.

En el espisodio de la mujer adúltera no dejan de estremecerse las esperanzas, cuando Cristo les pide a los presentes, que tire la primera piedra quien esté libre de pecado. La quietud y el silencio de las piedras conmueven la conciencia y aumentan los temores a la muerte. Nadie allí está ajeno al pecado.

Es decir, en una multitud, que de alguna forma es una muestra de la comunidad, no existe quien no sea pecador. Ninguna piedra surca el espacio. Esta evidencia permite sólo limitadas reflexiones. Que allí se congregaron sólo pecadores, o que no existe la condición opuesta, la de no ser pecador. Cuestión que de suyo hace que el episodio del juicio final, se perciba con más angustia y temor. Se llegaría a él, ¡ya culpable! Después de este conocimiento sólo queda la esperanza de la virtud y fuerza del arrepentimiento.

Por otra parte, Nuestra Señora de Fátima se aparece por primera vez el 13 de Mayo de 1917 a tres pequeños de 10, 9 y 7 años, llamados Lucía, Francisco y Jacinta, y cuando éstos la interrogan preguntando uno por uno si irán al cielo, la Virgen les responde que si, pero pone como condición para Francisco, que debe de rezar muchos rosarios. ¿Qué puede llevar dentro de sí, un pequeño de 9 años, que para acceder al cielo deba cumplir una penitencia previa? Nada podría cabalmente responder esta pregunta. Sólo la inquietud del alma se interroga ¿qué penitencia tendría entonces que cumplir –por decir-, una persona de 40 años? Quizás si la cuestión no es de temporalidad. No cabe duda. Pero no deja de desconcertar la exigencia de penitencia a un niño de 9 años. ¡Cómo quisiéramos contar aquí con el ermitaño de Zadig!

Pero la Virgen, más allá del mensaje de amor que trae consigo, deja en la retina una escena, la del infierno que aterroriza a los niños y trae inquietud a los adultos.

Hemos transitado por parte de la literatura y la pintura; artes que nos han entregado una visión negativa y dolorosa de la muerte. Las fantasías del hombre hablan de una muerte no deseada y se agrupan en relación a ella sólo elementos negativos, peligrosos e inciertos. Todas estas invenciones imaginarias sólo hacen temer a la muerte o al menos crean incertidumbre.

Sin embargo, existió un pueblo, los Trausos, que formaron parte de los Tracios, del que nos cuenta Heródoto[17]. Tenían unos usos muy singulares en relación al nacimiento y a la muerte. Ante el recién nacido se colocaban los parientes a su alrededor y comenzaban a dar grandes lamentos, cantando los muchos males que le esperaban en el transcurso de la vida, siguiendo una a una las desventuras y miserias humanas. Por el contrarío a la muerte de alguno de ellos, daban muestras de contento, saltando de placer y alegría y al sepultarle ponderaban las miserias de las que acababa de librarse, y de los bienes que comenzaba a verse colmado en su bienaventuranza.

No sabría si existe en la actualidad otro pueblo que refleje tanta sabiduría frente a un trance, que para nosotros es tan penoso. Porque no cabe duda alguna que mientras no se acepte la muerte y se le dé un significado más natural, nos seguiremos sintiendo perdidos y confusos. 0 prevalece la idea del perdón y el amor sobre toda otra consideración, o prevalece el juicio y el castigo. Hemos si antes de presumir la trascendencia de nuestra alma, en caso contrario sólo es el olvido y la nada. Son por lo tanto varios los dilemas a solucionar. En todo caso, lástima que se haya perdido el uso y la costumbre de los Trausos que pareciera tan terapéutico.


NOTAS:

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[1] Shakespeare W. «Romeo y Julieta" Escena IV, Obras completas. Ed. Aguilar, pág. 292

[2] Virgilio P. 'la Eneida" Ed. Cátedra S.A. 1989. Madrid Espana. Pág. 332

[3] Voltaire. *Zadig o el Destino». Colección Obras selectas. Ed. Ateneo. 1965; pág. 694

[4] Ob. Cit., pág. 695

[5] Camus A. "El mito de Sísifo" Ed. Alianza. Madrid, España: 1988, pág. 29

[6] Roa Armando. "Caducidad de[ hombre en la medicina, Humanidad y Etica". Cuadernos de la Universidad de Chile NI 7. 1988: pag. 30

[7] Ob. Cit., pág. 326

[8] Ob. cit. pág. 327

[9] Homero 'l_a Odisea» Colección Obras Completas: Ed. Ateneo; Argentina 1965: pág. 573

[10] Ob. cit. pág. 575

[11] Graves R. 'Los Mitos Griegos"Torno 1. Ed. Alianza; Madrid, Espaha; pág. 266

[12] Ob. cit. pág. 333

[13] Platón "El Fedón" Ed. Universitaria Buenos Aires, Argentina 1971; pág. 220.

[14] Platón "Diálogos" Ed. Porrúa S.A. México, 1979; pág. 616

[15] Hólderlin Federico "Poemas" Ed. Assandri; Argentina, 1955, pág. 43

[16] "La Biblia». Biblioteca Autores Cristianos. Ed. Católica S.A. Madrid 1970. Tercera Edición. Evangelio de San Juan. Cap. 20, versículo 26; pág. 1179

[17] Heródoto de Halicarnaso, “Los nueve libros de la historia", Tomo 2: Colección: Obras maestras. Editorial Iberia, Barcelona, 1976: pág. 8