Cuestiones jurídicas y bioéticas entorno a la Muerte
Curso dictado por Dra. Teodora ZAMUDIO

Material editado para l@s alumn@s de la U.M.S.A.

 

Metodología bioética

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Introducción

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La cuestión de los métodos de la bioética

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Los métodos para enfrentar los dilemas morales de la bioética

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Conclusiones

 

Introducción

Hablar sobre los métodos de la bioética y mutatis mutandis de cualquier otra forma de ética aplicada, implica hacer una referencia a la naturaleza de la ética y de sus instrumentos, utilizados para aclarar y tratar de resolver conflictos de intereses y de valores. Implica, en particular, 

a) tener claridad sobre los abordajes descriptivos y de comprensión de los conflictos; 

b) un abordaje deductivo e inductivo del raciocinio que pretende legitimar una decisión; 

c) un abordaje pragmático de la relación entre los medios, fines y agentes involucrados, el cual pretende ponderar los efectos de la decisión en pauta. Por esto, la tesis es al mismo tiempo racionalista y pragmática[1]

Esta doble preocupación metodológica corresponde a la práctica frecuente de muchos bioeticistas, que vienen de la tradición laica de la filosofia moral aplicada a los problemas concretos, considerada la más adecuada (o la menos inadecuada) para afrontar los conflictos morales en sociedades seculares, por basarse en argumentos racionales -en principio capaces de superar lo aprendido de la moral espontánea e intuitiva de las simples opiniones, revelaciones, creencias y otras idiosincrasias individuales y grupales– y por tener en cuenta procedimientos susceptibles de proporcionar soluciones pacíficas y consensuales de los conflictos.

Lo que se intenta es presentar los posibles “caminos”, es decir, los métodos susceptibles de dirimir conflictos morales, lo que más se aproxima al ideal comunicativo de una comunidad moral universal. Pero, antes de esto, expondré la doble naturaleza de la racionalidad, que caracteriza el instrumento principal de la bioética y que permite pensar y justificar una ética simultáneamente racionalista y pragmatista.

La forma de la ética aplicada surgida entre los años 50 y 60, conocida como neoaristotelismo o rehabilitación de la filosofía práctica en Alemania y como neopragmatismo en los Estados Unidos, resulta de una conjunción entre los abordajes deductivo, inductivo, descriptivo y pragmático de los conflictos morales, y que a su vez es el resultado de una “nueva alianza” entre teoría y práctica. Esto fue posible gracias a la consideración de la doble naturaleza de la propia racionalidad: la teórica y la práctica.

La distinción entre razón teórica y razón práctica es antigua. Su primera sistematización lógica se debe a la metafísica de Aristóteles, que distinguía tres tipos de saberes: el teórico (relativo al conocimiento de la verdad), el práctico (relativo a la acción entre individuos y ciudadanos) y el poiético (relativo a la producción de objetos). Dejando de lado el saber poiético (que no nos interesa directamente aqui), se puede decir que, conforme a la tradición aristotélica, el saber que más directamente interesa a la ética aplicada no seria propiamente el saber teórico (cuyo objetivo es la cientificidad, objetividad u “fidedignidad” de nuestros conocimientos), pero, si, el saber práctico (o “sabiduría práctica”), teniendo en cuenta que ésta se preocupa de la acción de acuerdo con algún sistema de valores y con la ponderación de sus consecuencias. Por consiguiente, la razón práctica se preocuparía esencialmente de la acción que puede ser considerada moral, esto es, correspondiente al carácter virtuoso del ciudadano.

Pero, para Aristóteles, la “sabiduría práctica” estaría vinculada a la “sabiduría política”, es decir, al saber, capaz de justificar las normas y valores para logrear una convivencia ordenada y sin conflictos, por consiguiente justa, en la cual sea posible realizar una vida feliz, digna de los humanos y por lo tanto buena (Ética a Nicómaco). De esta manera, ética y política, moral privada y moral pública estarían vinculadas.

Para Aristóteles, existiría también un vínculo entre saber teórico y saber práctico teniendo en cuenta que, a pesar de ser distintas, la vida práctica (bíos practicós) sería la condición necesaria de la vida contemplativa o teórica (bíos teoreticós), aunque esta sea el fin último de la existencia. Por esto, en la visión Aristotélica existirían principios o fundamentos (arcái) tanto en la teoría como en la práctica, siendo los primeros preferencialmente formulados por vía deductiva y los segundos por via inductiva.

Ahora, por ser un “discurso de segundo orden” (análisis crítico) de los “discursos de primer orden” (las morales existentes) y de las prácticas efectivas relacionadas a tales discursos, la ética tiene algo en común con la epistemología, que es también un “discurso de segundo orden”, pero sobre los discursos y las prácticas técnico-científicas. Lo que la ética y la epistemología tienen en común (en lo que se refiere a “discursos de segundo orden”) es el llamado a la racionalidad, solamente que, mientras la epistemología se refiere preferentemente a la razón teórica, la ética se refiere preferentemente a la razón práctica. En resumen, tanto la razón teórica como la razón práctica serían herramientas indispensables de la bioética, siendo que la primera permitiría evaluar la calidad cognitiva y lógica de los raciocinios morales (es decir: su “consistencia”), al tiempo que la segunda permitiría evaluar la calidad “moral” de las acciones, legitimadas por tales raciocinios, por la ponderación de sus consecuencias reales o probables (moralidad de la acción) y/o por el carácter de su agente (moralidad del agente).

Técnicamente, razón teórica y razón práctica se distinguen debido al mayor o menor rigor del silogismo. De hecho, Aristóteles distingue el silogismo propiamente dicho (o “categórico”) del silogismo “práctico”. Un silogismo es un tipo de inferencia de una proposición (o “conclusión”) a partir de sus premisas, como en el ejemplo “Todos los hombres tienen dos piernas; todos los seres vivos que tienen dos piernas son bípedos; luego, todos los hombres son bípedos”. En este tipo de silogismo (que es un silogismo categórico), cada premisa tiene necesariamente un término en común con la conclusión y un término en común con la otra premisa, lo que garantizará su consistencia lógica.

Pero, Aristóteles creía en la existencia de silogismos no completamente consistentes (“no categóricos”), en los cuales la primera premisa se refería a una característica deseable o a un objetivo; la segunda identificaría un ejemplo y la conclusión seria una acción dirigida para la satisfacción del deseo o para atender tal objetivo, como en: “Todos los alimentos no venenosos son saludables; el pan es un alimento saludable; luego voy a comer pan” o “Necesito alimentarme; el pan es un alimento; luego tengo que obtener pan”. Este tipo de silogismo no es totalmente inteligible y consistente, porque no necesario lógicamente, es decir, válido independientemente de su dominio de aplicabilidad, teniendo en cuenta que no hay ningún error lógico si aceptamos las premisas y no tuviéremos ninguna voluntad de comer pan o de ir a la panadería a comprarlo. En resumen, ningún silogismo práctico en la conclusión de un argumento es lógicamente necesario. Por lo tanto, la acción que lo puede acompañar no es inmediatamente (lógicamente) inteligible, teniendo en cuenta que una acción se refiere a una situación específica y las conclusiones de un silogismo propiamente dicho (“categórico”) se refieren, al contrario, a situaciones no específicas, es decir: no contingentes, luego necesarias.

La bioética, en cuanto ética aplicada, deberá por lo tanto tener en cuenta ambos tipos de raciocinio en sus trabajos, y es esto lo que genera un campo de conflictos interpretativos y pragmáticos.

La cuestión de los métodos de la bioética

Como vimos, presentar los métodos de la bioética (o, como prefieren algunos, de la “ética biomédica”) implica considerar la doble naturaleza de la racionalidad, desde el ámbito de la ética aplicada: Su naturaleza teórica (descriptiva y comprensiva) y su naturaleza práctica (aplicada). Implica aún considerar el contexto sociocultural de los conflictos de intereses y valores en el cual la bioética debe funcionar y para los cuales sus herramientas pretenden encontrar una solución razonable y justa, por consiguiente: aceptable por todos los actores involucrados en situaciones específicas. Aún, para ser aceptable por todos los involucrados en una disputa, es necesario que todos los involucrados pertenezcan por derecho y de hecho al universo comunicacional respectivo, y tengan sus intereses considerados de forma imparcial por todos, valiendo por lo tanto, tan solo la reflexión argumentativa y la ponderación de las consecuencias resultantes de las opciones escogidas.

Este es el campo en donde la bioética actua y donde surgen las preguntas éticas de tipo: Cómo puedo saber si una acción es justa o injusta, buena o mala? Cómo puedo decidir, como persona, ciudadano, miembro de una categoría profesional o de una comunidad específica, cuáles son los objetivos legítimos de mi acción y cuales los valores y principios morales susceptibles de defenderlos? En otros términos: Cómo puedo demostrar para otras personas que tales respuestas son justas o erradas?

Los tres tipos de preguntas muestran el campo interdisciplinar de la bioética, determinado por los nexos con el “saber” (cuestión cognitiva), el “decidir” (cuestión pragmática) y el “demostrar” (cuestión comunicacional), en la cual, lo que decidimos hacer está bien ordenado,  correcto y aceptable por los otros. Pero lo que une a todas esas preguntas en común, es que tienen el adverbio cómo, que se refiere justamente a los caminos, esto es, a los métodos que debemos utilizar para satisfacer tales preguntas, teniendo en cuenta que la pregunta “cómo hacer?” está cognitivamente y pragmáticamente  vinculada a las preguntas “el qué hacer?”, “porqué hacer?”, “para qué hacer?”, “cuándo y dónde hacer?”. Por esto, filósofos y científicos creyeron durante mucho tiempo (y algunos continúan creyendo) que la cuestión del método es la única y verdadera pregunta que debe siempre ser respondida, para que podamos tener la certeza (o una buena probabilidad de certeza) de que estamos en el buen camino y de que esta certeza pueda ser aceptada por cualquier ser racional que entienda lo que queremos decir.

Pero, por detrás de la cuestión del método, está la cuestión polémica de los fundamentos, para lo cual la primera pretende ofrecer una justificativa en una relación de hecho circular: el fundamento legitima el camino que pretendemos utilizar que, a su vez, es el único medio que nos asegura la pertinencia operacional de lo fundamental. En ese sentido, el método sería, de hecho, una manera de que tengamos certeza de nuestra práctica, aún en la ausencia de un fundamento real, pues como resumió el poeta español Antonio Machado, “Caminante, son tus huellas/ el camino, y nada más;/ caminante, no hay camino,/se hace el camino al andar.”

El método tiene aún un objetivo complementario, que nos interesa directamente aquí, pues se presenta como una moral del pensamiento correcto, teniendo en cuenta que lo que pretendo decir es cómo debo proceder para que aquello que considero “verdadero”, “cierto”, “útil” y “bueno” pueda ser aceptado por cualquier persona razonable. Esto fue sintetizado magistralmente por Jean Piaget, al afirmar en: Le jugement moral chez l’enfant (1932) que la lógica es una moral del pensamiento, como la moral es una lógica de la acción.

En resumen, la cuestión de los métodos en bioética dice respecto, ya sea al pensar “fidedigno” ya sea al actuar “correcto”. Pero cuáles son de hecho las herramientas metodológicas de la bioética laica en una sociedad secular? A continuación, indicaremos algunas de sus características, que consideramos las más importantes.

Los métodos para enfrentar los dilemas morales de la bioética

Como vimos, la bioética utiliza el análisis racional e imparcial de los argumentos en campo, cuando haya alguna disputa de intereses con un fondo moral. Pero utiliza también la herramienta de la sabiduría práctica para evaluar cuál de las soluciones propuestas puede ser considerada la más razonable, desde el punto de vista de la ponderación de sus consecuencias.

En síntesis, las principales herramientas de la bioética son la racionalidad y la razonabilidad, esto es, la inteligencia teórica capaz de iluminar la argumentación que sustenta una acción y la inteligencia práctica, capaz de tornar posible y aceptable (es decir “razonable”) la acción.

Pero, qué es lo que distingue un argumento racional de los otros argumentos?

En primer lugar, para ser clasificado como “racional” un argumento debe explicitar los términos que serán utilizados, su campo de aplicación y sus límites. Eso permite que un argumento sea claro y pertinente al asunto en pauta.

En segundo lugar, debe saber encadenar de forma inteligible las premisas o presupuestos con el desarrollo del raciocinio y la conclusión de la argumentación. Esto permite que cualquier ser racional tenga acceso ceteris paribus al código de la argumentación y se encuentre por lo tanto en la situación de poder evaluar si el raciocinio está bien formulado o no.

En tercer lugar, debe proceder paso a paso en la argumentación, capaz de asegurar el acceso y la comunicación de todos los participantes en la disputa moral.

Finalmente, debe satisfacer el requisito formal consistente en aceptar el axioma principal del pensamiento racional: “principio de no contradicción”, según el cual dos proposiciones contradictorias en un mismo discurso y referidas a la misma realidad, no pueden ser ambas válidas. El respeto de esas cuatro condiciones garantizan en principio la racionalidad argumentativa, es decir su consistencia del punto de vista de la razón teórica.

Sin embargo, por ser también una actividad de la razón práctica, que – como vimos – no depende de las necesidades lógicas, la bioética deberá en algunas situaciones hacer un llamado a la intuición, la cuál permite, por ejemplo, detectar las conclusiones contra-intuitivas, esto es, que no son inmediatamente cogentes, para someterlas a nuevas investigaciones y ponderaciones. En otras palabras, el papel de la intuición moral consiste en una “ regulación ” de la razón teórica en el sentido de limitar los excesos racionalistas. Pero, por regla general, la intuición moral tiene su papel en el comienzo del raciocinio moral, esto es, en el estadio pré-crítico del análisis moral. Por eso, es una herramienta que debe ser utilizada con cuidado y sometida al análisis crítico.

La otra herramienta a ser utilizada y requerida por la racionalidad práctica, son los buenos ejemplos. Esto porque los ejemplos se refieren de modo general a hechos y situaciones concretas, lo que permite, muchas veces, una economía argumentativa.

Directamente unida a la herramienta anterior, es el uso de analogías. Las analogías, aunque no sean ejemplos de fenómenos ocurriendo realmente, facilitan la investigación de los argumentos en campo, pues pueden aclarar el problema en pauta. Esto puede ser hecho de varias maneras. En primer lugar, permitiendo reagrupar casos juzgados, si no idénticos, al menos parecidos. Esto puede representar una gran economía de medios. En segundo lugar, permitiendo construir o inventar situaciones capaces de aclarar un caso. Este recurso es muy utilizado en situaciones particularmente complicadas y es conocido como “experimento mental’ (Gedankenexperiment). Finalmente, la analogía puede tener también una función crítica mostrando, por ejemplo, que un argumento está errado. Por lo tanto, el uso de analogías deberá también pasar por la criba del análisis racional crítico, el cual deberá establecer los límites de la analogía y la especificidad del caso en análisis.

La otra herramienta práctica, muy utilizada en situaciones inéditas, es el argumento “ de la ladera deslizante ” (slippery slope argument), preocupado esencialmente con las posibles consecuencias negativas y los abusos potenciales, resultantes de una acción. Aunque este tipo de raciocinio puede estar bien intencionado, al ser motivado por el principio de la prudencia, teniendo por lo tanto la función de alertar sobre “lo que puede ocurrir” en determinadas situaciones, el es casi siempre utilizado de forma negativa con la pretensión demostrativa de aquello que casi ciertamente puede ocurrir. Pero, de hecho, no prueba nada, a no ser la existencia de temores frente a situaciones inéditas.

Otra herramienta utilizada es ocupar la posición de “abogado del diablo” en la argumentación. Esta posición es sobre todo productiva cuando es asumida consigo mismo, es decir, con relación a sus propios argumentos, pues, en este caso, puede fortalecer la reflexión argumentativa.

Finalmente, debemos recordar una herramienta más pragmática, representada por la búsqueda de compromiso, que deriva del objetivo que consiste en encontrar, en cada situación de conflicto, una solución pacífica y en la medida de lo posible, diplomática. Entre tanto, esta herramienta también deberá, en última instancia, ser evaluada críticamente; pues ella conlleva el peligro de perder la racionalidad de la argumentación y sobre todo el peligro de que aceptemos una posición amoral, si no, cínica.

Conclusiones

Mas, al final, porqué la bioética necesita utilizar los dos tipos de herramientas, es decir, los de la razón teórica y los de la razón práctica? Existen varias razones para eso. Concluyendo, quiero destacar aquellas que considero las principales.

La primera razón se refiere a la propia naturaleza de los objetos de la bioética. En efecto, por que tienen que ver con el nacer, el vivir y el morir; tales objetos penetran prácticamente todos los ámbitos de la vida individual y colectiva, razón por la cuál sus problemas, conceptos y métodos son en principio no solo objeto de interés de especialistas y de un supuesto “espectador ideal”, racional e imparcial, si no de cualquier ciudadano mismamente informado y preocupado con tales cuestiones. Esta razón justifica la utilización del raciocinio práctico.

Entre tanto, por tener que ver con situaciones moralmente polémicas, cuando no dilemáticas, la bioética debe también utilizar la racionalidad teórica, que es una herramienta de “ segundo orden ”, que viene desde la tradición filosófica, la cuál permite “iluminar” a aquel “laboratorio cultural” en donde las reflexiones y las revisiones sobre la moralidad del actuar adquieren visibilidad y comprensión gracias a un lenguaje racional, riguroso y consistente.

De esta manera, la bioética puede ser considerada justamente como un campo inter y transdisciplinar, ya que en ella, influyen varias competencias disciplinares y varias herramientas metodológicas, consideradas necesarias y útiles para dirimir los conflictos que ocupan y preocupan al médico, al filósofo, al jurista, al sociólogo, al antropólogo, entre otros, pero sobre todo al ciudadano informado y atento a los cambios en las prácticas y hábitos que ocurren en nuestras sociedades y que necesitan de la legitimidad moral para ser considerados “buenos” y “justos” por personas de carne y hueso.   

 

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[1] Schramm, Fermin Roland Acerca de los métodos de la bioética para el análisis y la solución de los dilemas morales en BIOÉTICA.ORG 1999.